El primer Encuentro
Las botas de cuero aplastaban las pequeñas piedras que componían el camino a la colina de vigía. De lejos se podían ver las cabezas de algunos jóvenes, a cada paso las muestras del duro trayecto solo hacían que costase más subir la cuesta de la colina. El camino era desigual, estaba compuesto en su mayoría de pequeñas piedras pero también de piedras con un tamaño mucho mayor, la morfología del terreno provocaba que las piedras se soltasen fácilmente haciendo retroceder a quien avanzase unos cuantos centímetros a cada paso, ya quedaba poco, a lo lejos ya se podía ver un poco más; había unos diez hombres, todos ellos muy jóvenes, con unas ropas muy rudimentarias, dos de ellos llevaban una armadura un tanto más avanzada compuesta por unas cuantas placas mal colocadas como defensas del pecho y hombros al igual que espalda y alguna que otra en las rodillas, el resto llevaba ropas de viaje tradicionales de Men-Shomn, ya estaba llegando cuando pudo ver con total claridad las tierras que abarcaba la famosa Colina del Vigía, un nombre no dado por rumores sino por hechos, la colina a pesar de no ser la más alta, era la que separaba la península de Men de las Tierras Anchas, un paraje inhóspito, la colina era casi como la entrada al valle de la península donde la ciudadela de Men-Shomn esperaba con los brazos abiertos a todo tipo de aventureros, historiadores, comerciantes, cazadores y a curiosos, la colina de vigía era un punto clave para llegar sano y salvo a la ciudadela, ya que desde allí uno se podía orientar para llegar a ella.
- Sigue tan hermosa como la recordaba - pensó para sus adentros Ur
La ciudadela en sí era baja en altura con respecto a
sus edificios pero no por ellos Men-Shomn era famosa. Sino por sus cuernos.
Centenares de cuernos colocados verticalmente hacían de
postes para colocar y situar las cuerdas que sujetaban los muros de la ciudad. Cuatro,
de mayor envergadura que el resto, eran los pilares maestros de la ciudadela.
De ellos surgían miles de cuerdas con un diámetro mayor a un brazo y más
resistentes que el mismísimo acero. Todos estos cuernos y placas de piedra y
hueso levantaban las murallas de la ciudad.
El inmenso oasis en mitad del vasto desierto era hermético
a los vientos y ventiscas tan mortales del ambiente. Al mismo tiempo la inmensa
estructura imponían a cualquiera que se acercara a tener que mirarlos sin
apartar la vista, Men-Shomn era como un gran erizo de cuernos, grandes y
pequeños todos apuntando a la bóveda celeste entre las centenares de casas
bajísimas que poblaban el suelo y todo ello detrás de las colosales murallas
que cerraban la ciudad. Un paraje digno de alabanza y de respeto.
No sin embargo fue antaño una ciudad creada por los
elfos y una de las pocas que aguantó asedios de dragones. Se dice que los
cuatro pilares centrales fueron las vértebras del mayor dragón que hubo pisado
las tierras de Altusaum. Si ello era verdad… damos gracias a que los dragones
están casi extintos, o eso se decía en Altusaum, pensaba Ur.
El recién llegado percibió los murmullos de los demás
jóvenes. En una mirada rápida se podía advertir que los allí presentes se
dividían en grupos. Un grupo cercano al camino que traspasaba la colina, se
veía a leguas que eran novatos por su nerviosismo y sus murmullos
imperceptibles.
Más alejados se situaban una extraña pareja de
cazadores, que por sus bromas e insultos a los novatos, se creían con la mayor
experiencia del lugar.
Y por último, un hombre, sentado con una excepcional
habilidad en una de las ramas muertas del único árbol centenario de la colina.
A la izquierda del camino.
Ur se acercó al grupo de novicios.
Las miradas atentas se clavaron en el visitante, sus
ojos marrones, su gran melena negra y sus facciones bien definidas y un tatuaje
con el símbolo de un águila azul oscuro que tapaba la carne de la zona del ojo
izquierdo y una pequeña parte de su mejilla. Parecía ser viejo pero en el fondo
irradiaba juventud.
El cazador portaba una armadura desgastada que tapaba
las telas de color rojo de su ropa.
- Hola - saludó el que parecía el más joven de la colina y que debía tener más o menos 11 o incluso 10
otoños, de cara alegre y ojos claros. Ur le sonrió al tiempo que le revolvía el
pelo con la gran palma izquierda. El joven contestó con una sonrisa y dejó un
hueco a su lado para que Ur entrara en el círculo de principiantes.
Ur asintió y se acercó al grupo haciendo caso omiso a
las burlas y risotadas que proferían la extraña pareja de cazadores que
criticaban a sus espaldas. Poco a poco la mayoría del grupo acabó por saludar o
mencionar con agrado al recién llegado, o solamente un gesto de aprobación por
su presencia.
Ur seguía observando al personaje que estaba encima de
la rama. No se movía ni daba señal de vida.
Cuando se dio cuenta de que perdía el tiempo observando
a aquel hombre, intentó entrar en la conversación del grupo.
Había estado escuchando durante bastante y supuso los
nombres de cada uno de los presentes. Había dos jóvenes de 16 y 18 otoños según
la vista de Ur. El joven muchacho de 11 y otras dos cazadoras de 17 y 18
otoños.
El de 16 se llamaba Saraf llevaba unas ropas verdes y
de seda. Tenía el cabello marrón y largo con flequillo. Llevaba un anillo de
oro en el meñique izquierdo. Unas botas negras le protegían los pies y unos
guantes marrones oscuros las manos. Tenía la nariz puntiaguda y fina, y
empezaba a notársele la barba. Sus ojos eran marrones pero casi tirando a
negros.
El otro cazador de 18 otoños que se debía llamar Damos,
era el más musculoso de los jóvenes y llevaba escasa ropa. Unas botas verdes y
unos pantalones de igual color. Llevaba un cinto con una franja de lana azul en
el pecho. Pero los brazos y gran parte del torso lo llevaban sin protección.
Era algo asombroso ver que alguien tan joven tenía tanta musculatura. Llevaba
el pelo muy corto, negro a juego casi con los ojos tan oscuros. Tenía las
facciones de la cara muy bien definidas y tersas. Podía llegar a imponer
fácilmente si quisiera.
El otro joven era Wero que era bastante bajito, debía
medir poco más de metro cincuenta. Tenía el pelo no muy largo, marrón claro.
Los ojos eran también marrones pero desprendían un brillo muy peculiar. Era aún
un chaval y tenía las facciones de un niño. No imponía ni tenía músculos pero
parecía ser muy espabilado.
La cazadora de 17 otoños se llamaba Irune. Sus brazos
bien fornidos eran espectaculares para su edad y para su sexo. Llevaba unas
telas de lana de diversos colores, y unos zapatos de montaña verdes oscuro muy
gastados. Tenía el pelo muy largo en coleta y de color negro puro. Sus llamativos
ojos eran marrones claros. Sin observar su cuerpo parecía dulce y delicada.
Pero esto lo tachabas enérgicamente al ver la imponencia de sus gestos.
La otra joven se llamaba Mafi, llevaba el pelo muy
largo marrón. Sus atrayentes ojos eran azules y parecían observarlo todo con
mucho cuidado. Las facciones de su cara eran muy femeninas y casi perfectas, o
eso le pareció a Ur. Era bastante delgada y llevaba una ropa de seda de color azul
oscuro.
Ur estuvo observando a la joven con curiosidad. Hasta
que se dio cuenta de que debía hablar algo.
- ¿Entonces lo del Desertor es cierto? - preguntó el
cazador de nombre Saraf.
- Pues claro ¡Ya te lo he dicho tres veces! - protestó Irune.
- Sigo sin creerlo, ha ido tantas veces contra el
Código y nadie hace nada - interrumpió Damos.
- ¿Pero que hizo? ¿Y qué es el código? ¿Qué pasa si lo
incumplo? - Preguntó frenético el más joven, Wero, pero que en el grupo le
llamaban Hipo.
El chiquillo al no oír contestación alguna y las muchas
y variadas caras de ignorancia, acabó por mirar a Ur, que se dio cuenta de que
le estaba mirando después de unos segundos.
- Bueno… El Código fue creado hace casi 800 años en la
ciudad de Furum, donde hubo la llamada “Destrucción de la creación”. Se cuenta
que la ciudad organizó una gran batida para eliminar a una raza de animal
concreta que se alimentaba del ganado, pero fue tal la cantidad de cazadores
que fueron allí por lo valioso de la recompensa, y tal las armas y métodos que
emplearon, que muchos de ellos aprovecharon la ocasión y cazaron a otra razas
de animales. Hubo tanta ansia de obtener la mejor pieza que en dos días del bosque
no quedó más que desolación. Las técnicas de muchos de ellos se basaban en
quemar el bosque y ahuyentar a los animales a unas trampas, esto solo hizo que
el ecosistema de Furum cayese en picado. Sin animales y sin plantas, poco a
poco los habitantes de la ciudad murieron de hambruna. En sus ultimas horas, el
rey de Furum, de nombre Fausto, creó unas leyes que prohibían la caza de unos
animales concretos, y el uso de unas armas concretas y demasiado devastadoras
para la caza, desde que se hizo, todos los cazadores que lo desobedecieran
serían perseguidos en todas las ciudades en las que hubiese caza y todo
cazadores tenía el deber de que si lo conociesen, eliminarlo.
- ¿Eliminarlo? - preguntó Hipo.
- Si, matarlo – explicó Ur mirando la llamativa luz de
los ojos del chico.
- ¿Entonces si vemos a ese Desertor, debemos matarlo? -
preguntó Saraf.
- Si, será fácil, no os preocupéis - dijo riendo Ur.
Una risa tétrica y fuerte, interrumpió al grupo y
provocó que callasen. Incluso que enmudeciese la extraña pareja de hombres. El
origen de la risa empezó en el árbol centenario, pero nada había allí que
pudiera provocar esa risa.
Por lo menos en aquel instante en que todos miraban
hacia el árbol. Ur sospechó cuando notó una presencia a su espalda, de un gesto
rápido, desenvainó su espada ancha y con una fuerza sobrehumana, giró sobre si
mismo y de un golpe de brazo, blandió la gigantesca espada. Pasando por encima
de la cabeza de Hipo sin rozarlo y golpeando donde Ur deseaba; a su espalda y a
su aparente contrincante. El individuo había sacado una especie de armas en
forma de tijeras cruzadas con las cuales paró la onda de fuerza con la que Ur
movió el arma. Todos se giraron para ver la escena.
Quien sujetaba la extraña arma estaba oculto bajo la
capucha de un color cercano al lila. Sus largos ropajes ondeaban al viento del
mismo color granate. El mandoble quedó aprisionado entre los dos sables. Ur
había reaccionado por instinto cuando se paró para ver con detenimiento la
realidad, supo que la persona a la que había atacado era el individuo del
árbol. ¿Cómo había llegado hasta allí sin hacer el más mínimo ruido?
¿Cómo pudo no desviarla sino parar la trayectoria de un
arma que poseía el ancho de dos brazos adultos y de largo el cuerpo de Ur sin
cabeza? ¿Y cómo pudo pararla en seco sin ningún aparente esfuerzo?
Ur no apartó el arma y tampoco lo hizo su contrario.
Ur miró los sables; eran blancos y se les veía a leguas
que eran muy ásperos. No eran de metal, a diferencia del mandoble de Ur. Los
dos sables parecían hechos para juntarse el uno con el otro, su posición
cruzada engañaba a los ojos para hacer parecer que no eran dos armas sino solo
una pero en forma de X.
Las cuchillas del tamaño de un antebrazo, parecían no
tener empuñaduras ya que Ur no pudo observar el final de estas que parecían
acabar dentro de la túnica de tela.
Después de unos segundos de tensión, el individuo
aflojó su enganche para serle más fácil sacar el arma a Ur. Sin el doble apoyo
que le ofrecían los sables y el brazo de Ur, la espada impulsó todo su peso en
el brazo de Ur que la bajó hasta tocar el suelo, pesadamente.
- Buenos reflejos, poca gente ha podido hacer eso ¡bien
hecho! - Contestó el encapuchado.
- Si quieres hablar conmigo, dime tu nombre y muéstrame
tu cara - reprochó Ur al tiempo que volvía a colocarse en guardia, con piernas
separadas y las manos a la altura de la ingle, sujetando con fuerza y elevando
la espada.
Una risa siniestra recorrió la colina.
- Querido amigo ¡Pero si ya estamos hablando! -
respondió el encapuchado mientras hacia un gesto de burla.
Ur no contestó ni se movió de su posición, tampoco bajó
la guardia. Observaba unos curiosos pendientes que poseía el extraño hombre.
- Que poco divertido eres… - dijo el individuo.
- Descúbrete – ordenó Ur.
El encapuchado inclinó la cabeza y levantó un poco la
capucha enseñando su rostro al cazador.
Unos ojos claros como el agua bañaban las pupilas del
individuo que por su voz Ur habría jurado que tenía más edad pero, contrario a
lo que pensaba, el individuo era más joven incluso que él y de la edad parecida
a la de los chicos con los que estuvo hablando.
Lo que le llamó la atención a Ur era la extraña
coincidencia que cubría la cara de ambos espadachines. La marca en la mejilla.
Era idéntica en ambos.
- Soy… Ven, Ven Jugcer - dijo el joven volviéndose a
poner la capucha - pero podéis llamarme Ven. Las presentaciones son importantes
para entablar buenas amistades ¿No?
- Tiene razón, lo siento, fui muy brusco, yo soy Ur, he
ganado cuatro medallas en la arena y es la tercera vez que vengo a Men-Shomn –
explicó Ur tendiéndole la mano al hombre
- Encantado Ur, ya sabes mi nombre, y es la quinta vez
que vengo a esta ciudad – dejando la mano del cazador a un lado - Pronto
llegará El Campamento, deberíamos estar atentos...
- Me caes bien… enano - Dijo Ven acercándose a Hipo y
sonriendo.
Hipo apretó la boca y miró hacia el suelo, le habría
gritado cuatro maldiciones a la cara pero no a ese hombre. Se calló y solo pudo
mirar el suelo.
Muy pero que muy bien e.e os publicitaré entre mis contactos para que mas gente os conozca y a su libro, por supuesto...Siga, por favor;)
ResponderEliminarEste libro se tardó en redactar 6 años... toda ayuda para que este trabajo dé sus frutos en poder cumplir su proposito; alumbrar un nuevo mundo de fantasía, es de grata bienvenida. Gracias
ResponderEliminar